Vivimos esperando el otoño cuando es verano, la Navidad cuando es otoño y el verano cuando llega el invierno. Quizá, en nuestra obsesión por adelantarnos a todo, hemos olvidado el valor de esperar.
En pleno julio alguien ya ha puesto un villancico.
Hace calor, las calles todavía huelen a crema solar y las tardes parecen no querer terminar. Pero en algún rincón de Instagram ya hay un árbol de Navidad encendido, una taza humeante entre las manos y alguien diciendo que «ya casi es Navidad».
Llega septiembre y empezamos a echar de menos el verano. En octubre aparecen las ganas de diciembre. En noviembre ya hemos visto suficientes calendarios de Adviento como para sentir que llevamos meses viviendo la Navidad. Y cuando por fin llega diciembre, mientras algunos sacan los adornos del árbol, otros ya están pensando en el verano: en la playa, en las terrazas, en el próximo viaje, en volver a sentir el sol sobre la piel.
Y ahí es donde se siente el cambio de perspectiva. Siempre parece que estamos llegando tarde a la estación equivocada.
Vivimos esperando el próximo acontecimiento y nos olvidamos de disfrutar el presente.
Como si estar donde estamos nunca fuera suficiente.
¿Cuándo empezamos a quererlo todo antes?
No es nuevo que nos guste anticiparnos. Siempre hemos esperado con ilusión aquello que estaba por llegar. Hemos contado los días para las vacaciones, para Navidad, para nuestro cumpleaños o para ese viaje que llevábamos meses planeando.
La diferencia es que ahora parece que hemos convertido la anticipación en una forma de vida.
Hace no tantos años, escuchar villancicos a principios de diciembre ya podía parecer demasiado pronto. El árbol se montaba cuando tocaba. El turrón aparecía en casa cuando se acercaban las fiestas. El primer día de playa llegaba después de meses de frío y tenía algo de acontecimiento.
Ahora, sin embargo, vivimos en un adelanto constante.
Las colecciones de otoño llegan cuando todavía estamos buscando sombra. Los productos de Navidad aparecen en las tiendas antes de que hayamos terminado de guardar las chanclas. En redes sociales, las calabazas, los jerséis y las luces navideñas empiezan a convivir con bikinis, helados y atardeceres de verano.
Quizá una de las cosas más extrañas de internet es que ha conseguido que todas las estaciones ocurran al mismo tiempo.
Puedes estar tumbado en la playa y, con un simple movimiento del dedo, encontrarte preparando galletas de Navidad.
Y entonces sucede algo curioso: empezamos a vivir no solo el momento en el que estamos, sino también todos los momentos que nos muestra una pantalla.
Hemos olvidado que esperar también es vivir
Hay algo que ocurre cuando esperamos.
La ilusión empieza antes de que llegue aquello que deseamos. Lo imaginamos. Lo construimos en nuestra cabeza. Pensamos cómo será. Contamos los días.
La espera no es simplemente el espacio vacío entre dos acontecimientos. También forma parte de ellos.
Quizá por eso el primer baño del verano se siente diferente después de meses de frío. Quizá por eso el primer jersey que sacamos del armario tiene algo especial. Quizá por eso escuchar un villancico después de meses sin hacerlo puede transportarnos inmediatamente a una época concreta de nuestra vida.
Las cosas no solo nos gustan por lo que son. A veces también nos gustan por el tiempo que hemos tenido que esperar para volver a tenerlas.
Y en una sociedad acostumbrada a la inmediatez, esperar se ha convertido casi en una anomalía.
Queremos respuestas rápidas, entregas al día siguiente, entretenimiento cuando queramos y cualquier canción, película o producto al alcance de un clic. Hemos construido una vida en la que casi nada necesita esperar.
Pero para las estaciones sí.
Y quizá por eso nos recuerdan algo que no queremos escuchar: que hay cosas que no podemos adelantar.
No podemos hacer que llegue octubre porque nos apetece ponernos un abrigo. No podemos adelantar diciembre porque tenemos ganas de Navidad. No podemos convertir enero en junio porque necesitamos verano.
El calendario no funciona bajo demanda.
Cuando todo está disponible, nada parece tan especial
Quizá también haya algo que estamos perdiendo al adelantar constantemente aquello que esperamos.
No porque escuchar un villancico en noviembre vaya a arruinarnos la Navidad. Ni porque esté mal emocionarse por el otoño cuando todavía quedan días de verano.
El problema aparece cuando dejamos de disfrutar de una estación porque estamos demasiado ocupados deseando la siguiente.
Porque una cosa es anticiparse y otra muy distinta es no estar nunca en el presente.
Y las estaciones, al fin y al cabo, siempre han funcionado un poco gracias al contraste.
El frío después del calor.
La lluvia después de meses de sol.
Las tardes largas después de los días oscuros.
El primer rayo de sol en la cara después de un invierno entero.
Si todo estuviera presente todo el tiempo, quizá perderíamos parte de esa sensación de novedad.
Quizá necesitamos echar de menos algunas cosas para volver a disfrutarlas de verdad.
Siempre queriendo ir por delante
Lo más curioso es que esto no ocurre solamente con las estaciones.
También queremos adelantar etapas.
Queremos saber qué va a pasar antes de que ocurra. Ver el siguiente episodio antes de terminar el anterior. Tener claro el futuro antes de haber vivido el presente. Llegar al viernes cuando todavía es lunes. Terminar los estudios para empezar a trabajar. Empezar a trabajar pensando ya en las vacaciones.
Siempre un poco más adelante. Siempre esperando algo.
Y quizá estamos tan acostumbrados a mirar hacia lo que viene que hemos olvidado que el presente también es un lugar en el que se puede estar.
Porque, mientras estamos deseando que llegue el otoño, el verano está ocurriendo.
Con esas tardes largas, conversaciones bajo una sombrilla, puestas de sol en la playa y esos días que, aunque ahora parezcan repetirse, algún día echaremos de menos precisamente porque ya no volverán a ser iguales.
Lo mismo ocurrirá con el otoño. Y con diciembre.
Y con todos esos momentos que ahora queremos acelerar porque pensamos que lo siguiente será mejor.
Dejar que las cosas lleguen cuando tienen que llegar
Quizá no necesitamos otra estación. Quizá necesitamos volver a mirar la que tenemos delante.
Dejar que septiembre llegue cuando llegue septiembre. Que las hojas caigan cuando tengan que caer. Que el frío aparezca sin que tengamos que llamarlo. Que el árbol de Navidad vuelva a salir del armario cuando las festividades lo pidan. Que el verano nos encuentre sin que llevemos meses viviendo en el siguiente.
Porque quizá parte de la magia estaba precisamente ahí: en no tenerlo todo todavía.
En esperar.
En pasar meses sin escuchar un villancico para que, cuando suene el primero, algo dentro de nosotros se mueva.
En guardar los abrigos hasta que vuelva el frío.
En esperar el verano durante todo el invierno para que el primer día de playa vuelva a sentirse como un pequeño acontecimiento.
En dejar que cada estación tenga su propio momento.
No se trata de vivir siguiendo estrictamente un calendario ni de sentirnos culpables por emocionarnos antes de tiempo. Podemos escuchar All I Want for Christmas Is You en octubre si nos hace felices. Podemos comprar un jersey en agosto. Podemos soñar con el verano en enero.
Se trata simplemente de recordar que anticipar algo no debería impedirnos vivir aquello que está sucediendo ahora.
Porque lo bueno se hace esperar.
Y quizá crecer también sea aprender que no todo tiene que llegar antes.
Que algunas cosas son bonitas precisamente porque todavía no han llegado.
Que hay una magia particular en esperar.