DOOM SCROLLING: CUANDO DEJAMOS DE MIRAR EL MUNDO PARA MIRAR UNA PANTALLA

DOOM SCROLLING: CUANDO DEJAMOS DE MIRAR EL MUNDO PARA MIRAR UNA PANTALLA

Eso es exactamente lo que quieren las aplicaciones: que pasemos horas dentro de ellas. Que deslicemos una y otra vez sin darnos cuenta de que, mientras creemos estar descansando, estamos entrenando a nuestro cerebro para necesitar estímulos constantes.

Vídeos cada vez más cortos. Más rápidos. Más fáciles de consumir. Hasta que nuestra capacidad de atención empieza a reducirse poco a poco.

Y lo hemos normalizado.

Hemos llegado a un punto en el que muchos niños ya no son capaces de mantener la atención en clase a menos que haya una pantalla delante. A un punto en el que olvidamos conversaciones, fechas o cosas que ocurrieron hace apenas unos días. Ahora, algo que debería formar parte de nuestra memoria desaparece porque nuestro cerebro está acostumbrado a recibir una cantidad infinita de información cada minuto.

Y no, no es algo normal, aunque nos hayamos acostumbrado a ello.

Las personas de otras generaciones, las que no vivían con un móvil en la mano, recuerdan cosas que aprendieron en el colegio hace veinte, treinta o incluso cuarenta años. Recuerdan canciones, fechas, historias, conocimientos que llevan décadas guardados en su memoria. Nosotros, en cambio, muchas veces tenemos dificultades para recordar algo tan básico como la tabla del siete.

¿Cuánto es 6x7? ¿Te acuerdas? ¿Cuánto tiempo te ha llevado llegar a la respuesta?

Eso debería preocuparnos.

La pregunta ahora es: ¿cómo solucionarlo?

La respuesta no es sencilla.

Deshacerse de este hábito no consiste simplemente en decidir un día que vas a dejar de hacerlo. No es tan fácil abandonar algo que se ha incrustado en una rutina como un parásito invisible que se alimenta a base de tiempo y atención.

Porque detrás de cada aplicación hay equipos enteros de personas trabajando para conseguir exactamente eso: que no quieras salir de ella.

Tu tiempo es su beneficio.Tu atención es su negocio.

Y aunque las consecuencias puedan ser una peor salud mental, una menor capacidad de concentración o una dificultad cada vez mayor para mantener la atención, eso no es lo que aparece en sus balances.

Lo que importa es que sigas dentro.

En gran parte, esto tiene que ver con cómo funciona nuestro cerebro. La dopamina y los mecanismos de recompensa hacen que estas plataformas sean mucho más difíciles de abandonar de lo que pensamos. Por eso no funciona decir simplemente: «mañana dejo de hacerlo».

Así no es como alguien abandona un hábito adictivo.

Es un proceso. Poco a poco.

Quizá pueda parecer exagerado comparar la dependencia al móvil y a las redes sociales con otras adicciones como fumar o apostar. Pero precisamente ahí está el problema: en que no lo parece.

Cuando pensamos en un cigarro o en un casino, vemos rápidamente el daño. Entendemos por qué pueden ser peligrosos.

Pero con el móvil es diferente.

No sentimos que nos esté haciendo daño. No vemos una consecuencia inmediata. No hay una señal evidente que nos diga que algo no está funcionando.

Y por eso puede ser todavía más peligroso.

Porque se esconde detrás de cosas que sí son positivas: la comunicación rápida, la posibilidad de conectar con personas de cualquier parte del mundo, el acceso inmediato a información.

Y todo eso es real.

El problema es que, mientras hablamos de sus beneficios, muchas veces dejamos de mirar sus consecuencias. O las vemos, pero decidimos ignorarlas porque aceptar el problema implicaría cambiar nuestros propios hábitos.

El doom scrolling no parece una amenaza.

Y quizá esa sea precisamente su mayor ventaja.


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