DYNAMITE KISS: ARDORA EN COREA DEL SUR

DYNAMITE KISS: ARDORA EN COREA DEL SUR

Durante unos segundos, el tiempo se detiene. Dos personajes caminan por la orilla y, con cada paso, el mar comienza a iluminarse de un azul eléctrico. No hay efectos especiales. No hay magia creada por ordenador. Solo millones de organismos microscópicos respondiendo al movimiento del agua.

La escena más inolvidable de Dynamite Kiss no la escribió ningún guionista: la escribió el océano.

Una isla mágica

La escena transcurre en Jeju, una isla situada al sur de la península de Corea y formada, hace millones de años, por actividad volcánica. Sus paisajes están marcados por el océano: acantilados, playas, cuevas, formaciones de lava y una relación con el mar que forma parte de la propia identidad de la isla.

Jeju es, de hecho, uno de esos lugares donde la naturaleza parece haberse esforzado especialmente por dejar claro que no necesita adornos extras. Sus paisajes son uno de los principales motivos por los que la isla se ha convertido en uno de los destinos más populares de Corea del Sur.

Y es precisamente allí donde Dynamite Kiss encuentra el escenario perfecto para una de sus escenas más especiales.

Las aguas de Jeju también pueden iluminarse durante la noche con ese fenómeno que conocemos como ARDORA: una forma de bioluminiscencia producida por pequeños organismos marinos que emiten luz cuando el agua se mueve.

El resultado es uno de esos espectáculos que parecen pertenecer más a la ficción que al mundo real. Cada paso sobre la orilla puede despertar pequeñas explosiones de luz.

Las olas dejan un resplandor azul sobre la arena y, durante unos instantes, parece que el océano está lleno de estrellas.

¿Por qué están allí los protagonistas?

Para entender por qué esta escena funciona tan bien, hay que retroceder un poco.

Dynamite Kiss es una comedia romántica surcoreana que sigue la historia de Go Da-rim y Gong Ji-hyeok, dos personas que terminan encontrándose en unas circunstancias bastante menos románticas de lo que uno se podría imaginar.

Da-rim necesita estabilidad y un trabajo que le permita salir adelante. Ji-hyeok, por su parte, es un hombre acostumbrado a mantener las distancias y a controlar cada aspecto de su vida. Cuando sus caminos se cruzan, una serie de malentendidos y situaciones inesperadas comienza a cambiar la relación que existe entre ellos.

Y, como suele ocurrir en las historias románticas, lo que al principio parece sencillo acaba siendo bastante más complicado.

Entre encuentros inesperados, sentimientos que tardan en reconocerse y decisiones que ninguno de los dos había previsto, los protagonistas terminan compartiendo momentos que los acercan mucho más de lo que se esperaban.

Hasta que llega esa noche.

Lejos del ruido y de todo lo que ocurre a su alrededor, los dos terminan junto al mar. Y entonces sucede algo que ninguno de ellos podría haber planeado: cada movimiento hace que el agua se ilumine.

La conversación, los personajes y la historia siguen ahí, pero durante unos segundos dejan de ser lo más importante.

El océano se lleva el protagonismo.

Realidad mágica en la ficción

Quizá esa sea una de las razones por las que la escena resulta tan especial.

Estamos acostumbrados a que el cine y las series creen mundos imposibles. Dragones, ciudades futuristas, paisajes que no existen, mares que brillan bajo la luz de una luna perfecta. La tecnología permite construir prácticamente cualquier imagen que podamos imaginar.

Pero en esta ocasión no hace falta inventar nada.

La naturaleza lo crea sin necesidad de retoques artificiales.

No es una pantalla verde. No es un efecto digitalizado. No es una animación.

Es la naturaleza haciendo algo que lleva muchísimo tiempo haciendo, mucho antes de que existieran las cámaras, las películas o las series.

Y nos recuerda que a veces la realidad es igual, o mejor aún, incluso más mágica que cualquier efecto creado por un ordenador.

También habla de dejarse sorprender

Además de la escena con la ardora, Dynamite Kiss tiene mucho que ofrecer. Es una historia sobre personas que intentan averiguar qué quieren y cómo encajar sus sentimientos dentro de la vida que habían imaginado.

Una de las ideas más bonitas que deja la serie es precisamente eso: no siempre podemos controlar el camino que tomamos.

Tenemos planes. Pensamos que sabemos qué queremos, cuándo debería suceder y cómo debería desarrollarse. Pero la vida tiene una curiosa costumbre de desviarse del guion.

A veces conocemos a alguien cuando menos lo esperamos. O terminamos en lugares donde nunca nos habríamos planteado estar. Y, de vez en cuando, lo que parecía un desvío acaba convirtiéndose en la parte más bonita del viaje.

Quizá por eso encaja tan bien una escena como esta dentro de la historia.

Porque la ardora tampoco se puede ordenar.

No aparece porque alguien la haya programado para el momento perfecto. No podemos pedirle al océano que se ilumine cuando queramos. Solo podemos estar allí cuando sucede.

Y eso hace que el momento sea todavía más especial.

La naturaleza también sabe escribir historias

En Dynamite Kiss bastaron unos segundos para convertir una playa de la isla en un lugar inolvidable. Esa escena nos recuerda algo que el océano lleva haciendo mucho antes de que existieran las cámaras: demostrar que la realidad, a veces, no se compara con ningún guión.

Quizá por eso la ardora nos resulta tan fascinante. Porque sabemos que lo que estamos viendo es real y, aun así, cuesta creerlo. No hace falta un efecto especial, una pantalla verde ni una recreación digital para convertir una noche cualquiera en algo extraordinario. A veces basta con que millones de pequeños organismos respondan al movimiento del agua y, durante unos instantes, hagan brillar el mar.

La naturaleza no necesita que la imaginemos. Ya es capaz de crear escenas que parecen imposibles.

Y quizá esa sea la magia de la ardora: recordarnos que no todo lo espectacular tiene que ser inventado.

Que algunas de las historias más bonitas no las escribe nadie.

Simplemente ocurren.


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