Últimamente es casi inevitable no darse cuenta de esto.
Personas que jamás levantarían la voz en una conversación cara a cara son capaces de escribir las mayores barbaridades desde la comodidad de una pantalla.
Es curioso cómo un teclado y la protección de un nombre de usuario como «user123456789» puede cambiar tanto el comportamiento humano.
En la vida real medimos nuestras palabras. Nos frenan las normas sociales «invisibles». La posibilidad de herir a alguien. La vergüenza. El miedo a que nos respondan o reaccionen en nuestra contra. Las consecuencias.
En Internet, la mayoría de esas barreras desaparecen.
Una cuenta sin nombre ni foto de perfil. Un comentario escrito desde el odio, la rabia, la envidia, las ganas de hacer daño y, segundos después, la sensación liberadora de que jamás tendrá consecuencias.
Así aparecen los insultos, las burlas, las humillaciones gratuitas y esa necesidad constante de opinar con una crueldad que muy pocos serían capaces de sostener mirando a alguien a los ojos.
No es casualidad.
La psicología lleva años estudiando este fenómeno. Cuando sentimos que nuestra identidad está protegida por el anonimato, disminuye nuestra sensación de responsabilidad. Es mucho más fácil olvidar que detrás de una pantalla sigue habiendo una persona.
Por eso muchas veces los comentarios reflejan quiénes creemos que podemos ser cuando pensamos que nadie nos está mirando.
Y luego está esa frase que se repite constantemente cada vez que alguien conocido recibe cientos de insultos:
«Bueno, es que si eres una persona pública tienes que aguantar estas cosas».
No.
Eso no tiene ningún sentido. Es como decirle a alguien que debe aceptar los gritos y el maltrato verbal de su jefe porque decidió trabajar en esa empresa.
O decirle a un camarero que tiene que soportar agresiones verbales de los clientes porque eligió trabajar en atención al público.
O, aún mejor, decirle a un profesor que merece faltas de respeto porque eligió enseñar.
No aceptamos ese razonamiento en ningún otro ámbito.
¿Por qué debería ser diferente en Internet?
Ser creador de contenido, cantante, actor, artista o simplemente compartir parte de tu vida en redes sociales no implica renunciar al derecho básico de ser tratado con respeto.
Una crítica no es un insulto.
Un desacuerdo no es una humillación.
Y la libertad de expresión nunca ha significado libertad para despreciar a otra persona sin consecuencias.
Lo más llamativo es que muchos de esos comentarios probablemente nunca existirían fuera de una pantalla.
Porque es muy fácil escribir «das asco», «qué ridículo eres» u «ojalá desaparezcas» cuando sabes que jamás tendrás delante a la persona que lo va a leer.
Hay una pared de cristal entre ambos. Una pantalla que protege.
La pregunta es inevitable.
¿Estamos creando herramientas para comunicarnos... o herramientas que facilitan a algunas personas sacar la peor versión de sí mismas?
Porque la inmensa mayoría utiliza las redes para compartir vídeos, memes de risa, recetas de cocina, o para aprender, reírse o conectar con otros.
Pero hay una pequeña parte que aprovecha esa ausencia de consecuencias para decir cosas que probablemente nunca pronunciaría en voz alta.
Y esa minoría acaba condicionando la experiencia de todos.
Por eso cada vez más personas deciden desactivar los comentarios.
Y, sinceramente, es entendible.
También es una pena.
Porque los miles de mensajes bonitos, las conversaciones interesantes y las personas que saben debatir con educación también desaparecen.
Por unos pocos, perdemos todos.
Y lo peor, casi nunca les pasa nada a quienes hacen daño.
Y mientras las consecuencias recaen sobre quien recibe el odio, quienes lo escriben cierran la aplicación y siguen con su día como si nada hubiera ocurrido.
Está claro que la verdadera educación no se demuestra cuando todos te están mirando, sino cuando nadie sabe quién eres. Ahí es donde realmente se pone a prueba el respeto, la empatía y los valores de cada persona.
Porque, al final, Internet no ha creado la crueldad. Eso ya estaba ahí, escondido. Lo que ha hecho es mostrar hasta dónde pueden llegar algunas personas cuando creen que sus palabras no tendrán consecuencias.