Hay canciones que ponemos cuando estamos tristes. Otras que reservamos para los días en los que necesitamos un poco más de energía. Tenemos playlists para estudiar, para conducir, para hacer ejercicio o, simplemente, para llegar a casa después de un día complicado y desconectar.
A veces ni siquiera sabemos explicar por qué una canción concreta consigue calmarnos. Simplemente sabemos que funciona.
Pero detrás de ese gesto cotidiano de darle play a esa canción, se esconde algo mucho más complejo. Escuchar música no consiste únicamente en recibir sonidos a través de los oídos: nuestro cerebro procesa simultáneamente elementos relacionados con la emoción, la memoria, la atención, el movimiento y los sistemas de recompensa. La música puede provocar respuestas emocionales y fisiológicas y, precisamente por eso, lleva años siendo objeto de estudio en relación con el bienestar y la salud mental.
La música no solo se escucha. También puede cambiar cómo nos sentimos.
El cerebro también «escucha»
Cuando comienza a sonar una canción, nuestro cerebro empieza a trabajar mucho antes de que seamos conscientes de ello. Reconoce patrones, anticipa lo que viene, identifica ritmos y melodías y relaciona lo que estamos escuchando con experiencias anteriores.
Por eso sentimos que algo va a ocurrir incluso antes de que llegue nuestro momento favorito de una canción.
No existe una única «zona de la música» en el cerebro: escucharla supone coordinar diferentes procesos.
Y quizá ahí empieza a explicarse parte de su poder. Porque la música no es únicamente algo que nuestro cerebro interpreta. Es también algo que nuestro cerebro siente.
Una herramienta para regular nuestras emociones
Pensemos en un día malo. Todo el mundo lo ha experimentado.
Llegamos a casa enfadados, cansados o saturados. Abrimos nuestra plataforma de música y buscamos una canción. Quizá escogemos algo tranquilo como una balada o una composición de jazz. Quizá todo lo contrario: una canción que podamos cantar a pleno pulmón.
Muchas veces queremos escuchar precisamente una canción que encaje con lo que estamos sintiendo. Una canción triste que nos haga sentir identificados y entendidos–acompañados; una canción enérgica puede ayudarnos a activarnos; una melodía tranquila puede contribuir a regular emociones fuertes.
La música puede funcionar así como una herramienta de regulación emocional: no necesariamente hace desaparecer una emoción, pero puede ayudarnos a modificarla, acompañarla o atravesarla.
La música y la ciencia
La investigación científica ha estudiado la utilización de la música en diferentes situaciones relacionadas con el estrés y la ansiedad, observando tanto la percepción subjetiva de las personas como determinadas respuestas fisiológicas.
La evidencia no significa que cualquier canción vaya a funcionar como un «antídoto» contra el estrés. Sin embargo, sí apunta a que determinadas intervenciones musicales pueden contribuir a reducir la ansiedad y el estrés en algunos contextos.
En un proyecto de revisiones sistemáticas publicado en 2024, por ejemplo, se encontraron efectos variables de las intervenciones musicales sobre ansiedad, estrés, depresión y funcionamiento cognitivo en personas con deterioro cognitivo o demencia, con una reducción de la ansiedad observada en distintos estudios.
Empero, es importante entender que: la música no es una cura universal para la salud mental.
Puede ser una herramienta. Puede acompañar. Puede ayudar a regular determinadas emociones. Pero no sustituye un tratamiento psicológico o médico cuando este es necesario.
De hecho, existe una diferencia entre escuchar música porque nos gusta y utilizarla dentro de una intervención terapéutica estructurada.
La musicoterapia utiliza la música con objetivos terapéuticos y dentro de un contexto profesional. La evidencia disponible sugiere beneficios en determinados problemas de salud mental, aunque los resultados dependen de la población, la intervención y el contexto.
Una revisión Cochrane, por ejemplo, encontró que la musicoterapia añadida al tratamiento habitual puede reducir síntomas de depresión y ansiedad y mejorar el funcionamiento cotidiano, aunque señala que todavía existen limitaciones en la evidencia disponible.
No existe una canción que funcione para todo el mundo
Y aquí aparece algo fundamental: la relación entre música y emociones es profundamente personal.
No hay una canción universalmente relajante.
Lo que a una persona le calma puede poner nerviosa a otra. Una canción que alguien utiliza para concentrarse puede resultar insoportable para quien la relaciona con un mal recuerdo.
Influyen nuestras preferencias, nuestras experiencias, el contexto y nuestro estado emocional.
Por eso, es importante tener en cuenta que no se trata simplemente de que determinada melodía produzca automáticamente una determinada emoción. La música adquiere significado a través de nuestra propia historia.
Hay canciones que funcionan como máquinas del tiempo
Todos conocemos esa sensación.
Empieza una canción y, durante unos segundos, ya no estamos exactamente en el presente.
Volvemos a un verano. A un viaje. A una persona. A una habitación. A una época de nuestra vida que creíamos olvidada.
La relación entre música, emoción y memoria lleva décadas estudiándose. Las investigaciones muestran que algunas canciones pueden actuar como llaves capaces de abrir puertas a recuerdos específicos de nuestra vida. Como si fuesen una fotografía, pero en este caso no visual, si no sonora.
De hecho, las investigaciones sobre recuerdos autobiográficos evocados por música han encontrado que las canciones familiares pueden recuperar recuerdos de manera rápida y relativamente específica.
En determinados contextos clínicos, incluso se ha observado que los recuerdos provocados por música pueden mantenerse relativamente bien preservados en personas con algunas alteraciones de la memoria.
Quizá por eso una canción no nos recuerda solamente lo que ocurrió.
A veces nos recuerda quiénes éramos cuando ocurrió.
Seres sociables y la música
La música tiene, además, otra dimensión: la social.
Cantamos juntos. Bailamos juntos. Vamos a conciertos. Compartimos canciones con nuestros amigos. Enviamos una canción a alguien para mostrarles cómo nos sentimos.
Una canción puede convertirse en un recuerdo compartido, en una forma de pertenecer a un grupo o incluso en una manera de expresar algo solo con palabras no se consigue.
Finalmente, ¿puede la música mejorar nuestra salud mental?
La respuesta científica es más interesante que un simple sí.
La música puede influir en nuestro estado emocional, contribuir a la regulación de determinadas emociones y, en determinados contextos, ayudar a reducir el estrés y la ansiedad. También está estrechamente relacionada con la memoria autobiográfica y puede formar parte de intervenciones terapéuticas.
Pero sus efectos no son idénticos para todo el mundo ni convierten a la música en un tratamiento por sí mismo.
Llevamos siglos utilizando la música para acompañar aquello que nos ocurre mucho antes de comprender científicamente por qué funciona.
La ponemos cuando estamos enamorados. Cuando estamos tristes. Cuando queremos recordar. Cuando queremos celebrar. Cuando necesitamos fuerza. Cuando queremos estar solos y, paradójicamente, también cuando queremos sentirnos parte de algo.
Y quizá por eso algunas canciones son mucho más que canciones.
Son lugares a los que podemos volver.
Son recuerdos, emociones y personas concentrados en unos minutos.
Y cuando le damos al play, nuestro cerebro no solo escucha una melodía.
También escucha todo lo que esa canción significa para nosotros.