FALLAR 100 VECES, ACERTAR EN LA 101

FALLAR 100 VECES, ACERTAR EN LA 101

Si te dijesen que tienes que fallar 100 veces y que en la 101 lo conseguirías, cada vez que fallases te alegrarías.

Esta frase me ha salido tantas veces en mi «Para ti» esta semana que ya no sé si la he buscado yo o me ha encontrado ella a mí. El algoritmo funciona así: no entiende quién eres, pero aprende muy rápido qué tipo de persona duda demasiado de sí misma persona.

Supongo que así es como esta frase ha acabado en mi feed.

Sabe que soy una persona perfeccionista. Pero no de un perfeccionismo ordenado, de habitaciones impolutas (mi silla de la ropa acumulada me juzga mientras escribo) o escritorios simétricos. Mi versión es caótica. Silenciosa. Mental.

La versión que quiere que todo le salga bien a la primera.

Que quiere que aprender algo se parezca a ya saberlo.

En mi mundo ideal, me siento frente a un piano por primera vez un lunes y el miércoles ya no estoy aprendiendo, estoy tocando. Sin fallos. Como si fuese una pianista profesional.

Sin dudas. Sin pausas. Saltándome ese momento en el que los dedos llegan tarde a la tecla, o directamente presionan la equivocada.

Pero la vida no funciona así. Lo real es repetir una frase musical cincuenta veces hasta que deja de parecerte una frase y empieza a parecerte un gesto. Es apretar la tecla que no es sin querer. Y otra vez. Y otra. Y otra más.

Porque al principio no estás aprendiendo la pieza. Estás aprendiendo a no irte cuando todavía no te sale. Y quizá eso es lo que nunca se dice del proceso. Comenzar algo no se trata de aprenderlo lo más rápido posible, si no de aprender a quedarte hasta que lo consigas.

Se trata de quedarse hasta que, sin darte cuenta, ya no eres la misma. Hasta que un día lo intentas otra vez… y en ese momento te das cuenta de todo el progreso que has conseguido.

Te das cuenta de que hace cinco veces que no comentes errores y hace cuatro que recuerdas a la perfección donde fallabas y cómo lo has corregido.

Las 100 primeras veces son esenciales. No son un obstáculo. Son el camino.

Sin ellas la 101 nunca llegaría. Ni la 102. Ni todas las siguientes en las que algo que antes parecía imposible acaba convirtiéndose en natural.

Algo que ahora sale sin pensar, pero que en su día también fue difícil.

Por eso, quizá la diferencia no está en quién aprende más rápido, sino en quién decide quedarse un intento más. Porque la vez número 101 no llega sola ni aparece de la nada. Consigues alcanzarla después de todas las veces que pensaste en irte y aun así volviste a intentarlo.

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