Hay cosas tan esenciales que dejamos de pensar en ellas.
Respirar, por ejemplo.
No nos despertamos cada mañana agradeciendo el aire. No pensamos en él constantemente. Está ahí. Cumpliendo su función. Sosteniéndonos sin pedir nada a cambio.
Quizá por eso pasa algo parecido con el océano Atlántico.
Cuando creces a su lado, deja de ser una postal.
Deja de ser un destino. Deja incluso de ser un paisaje.
Se convierte en algo más parecido a una presencia.
Una de esas que siempre están.
Incluso cuando no las miras.
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Porque el Atlántico tiene carácter.
No intenta agradar. No busca ser perfecto.
Hay días en los que amanece tranquilo, reflejando la luz como si fuese un espejo.
Y otros en los que recuerda quién es realmente.
Salvaje. Inmenso. Impredecible.
Gallego.
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Los que crecimos aquí aprendimos pronto que el mar no siempre está de buen humor.
Y quizá por eso lo entendemos tan bien.
Porque nosotros tampoco.
Hay algo profundamente atlántico en la retranca gallega.
En ese humor que parece serio hasta que descubres que era una broma.
En esa forma de querer sin hacer demasiado ruido.
En esa manera de resistir los temporales sin necesidad de anunciarlo.
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El Atlántico se parece mucho a la gente que vive junto a él.
O quizá somos nosotros quienes nos parecemos a él.
Después de tantos años juntos resulta difícil distinguir dónde acaba uno y empieza el otro.
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Es el océano que me vio crecer.
El mismo que estaba allí cuando era niña.
Cuando me caí.
Cuando me levanté.
Cuando creía tener todas las respuestas.
Y cuando descubrí que no tenía ninguna.
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Es el paisaje al que siempre vuelves.
Incluso después de marcharte. Incluso después de vivir lejos.
Porque hay lugares que visitas. Y hay lugares que te construyen.
Galicia pertenece a la segunda categoría.
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Podría pasar horas mirando las olas.
No porque hagan algo diferente. Sino porque siempre parecen decir algo distinto.
Hay días en los que el mar escucha. Días en los que acompaña.
Días en los que te recuerda que todo pasa.
Y días en los que simplemente está ahí.
Ofreciéndote compañía sin exigir explicaciones.
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A veces parece que te entiende.
Otras parece que te juzga un poco.
Probablemente hace ambas cosas.
Y quizá por eso resulta tan fácil hablar con él.
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Porque el Atlántico tiene una cualidad extraña.
Nunca intenta resolverte la vida. Nunca te da respuestas directas.
Pero de alguna forma consigue que las encuentres tú.
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Al final, los profesores de natación tienen razón.
El agua no es tu enemiga. Es tu aliada.
Todo depende de cómo decidas relacionarte con ella.
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Y quizá ocurre exactamente lo mismo con el Atlántico.
Puedes verlo como una masa inmensa de agua.
O puedes verlo como lo que ha sido para millones de personas durante siglos.
Refugio. Camino. Memoria.
Hogar. Vida.
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Porque antes de ser paisaje fue océano. Y antes de ser océano fue origen.
Y porque, aunque casi nunca pensemos en ello, sigue acompañándonos en cada respiración.
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Hay lugares importantes.
Y luego está el Atlántico.
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