Hay algo que hacemos constantemente y que no tiene ningún sentido.
Esperamos ser buenos en cosas que acabamos de empezar.
Compramos una cámara y queremos que nuestras primeras fotos parezcan sacadas de una revista.
Empezamos a dibujar y nos frustramos porque no se parece a lo que imaginábamos.
Nos apuntamos al gimnasio y esperamos tener la técnica perfecta desde el primer día.
Aprendemos un idioma y nos desesperamos porque seguimos pensando antes de hablar.
Como si ser principiante fuese un error.
Como si el hecho de no saber hacer algo significase que nunca se nos dará bien.
Pero si paras a pensarlo…
¿Existe alguien que naciera sabiendo tocar el piano?
¿O conducir? ¿O editar vídeos? ¿O cocinar? ¿O escribir?
Todos empezamos exactamente igual: sin tener ni idea.
Haciendo las cosas regular. A veces incluso fatal.
Y eso no significa que no sirvamos para ello.
Significa que acabamos de empezar.
Uno de los mayores errores que cometemos es interpretar nuestra torpeza como una señal: «esto no es para mí».
Cuando, en realidad, esa torpeza suele ser la prueba de que estamos aprendiendo.
Porque aprender es, por definición, hacer algo mal durante un tiempo. No existe otra forma.
No puedes aprender a montar en bicicleta sin caerte.
No puedes aprender a dibujar sin realizar primero líneas mal trazadas.
No puedes aprender a escribir sin primero redactar textos mediocres.
No puedes aprender a hablar otro idioma sin pronunciar palabras que dan un poco de vergüenza.
El problema es que casi nunca vemos esa parte. Solo vemos a la persona que ya sabe y nos olvidamos de todas las horas que pasó sin saber.
Y eso, a veces, hace que comparemos nuestro primer capítulo con el capítulo doscientos de otra persona.
Vemos a alguien que hace unas fotos increíbles. O que dibuja de maravilla. O que habla cinco idiomas. O que toca la guitarra como si fuera fácil.
Y pensamos: «A mí nunca se me va a dar igual de bien».
Pero olvidamos que esa persona también hizo fotos desenfocadas.
También desafinó. También dibujó fatal. También se equivocó cientos de veces.
Solo que nadie suele enseñar esa parte.
Hay una frase que dice que la práctica hace al maestro. Yo creo que está incompleta.
La práctica no hace al maestro.
La práctica convierte a un principiante torpe en alguien un poco menos torpe.
Y al día siguiente, en alguien un poco mejor. Y al siguiente, otro poco.
No notas la diferencia de un día para otro. Pero sí cuando miras atrás.
De repente descubres que aquello que hace unos meses te parecía imposible… Ahora sale casi sin pensar.
No porque tengas más talento, sino porque llevas muchas repeticiones encima.
Quizá la verdadera diferencia entre las personas que consiguen hacer algo y las que no...
No es el talento, sino todo el esfuerzo invertido en mejorar a pesar de sentir duda de sí mismos.
Porque llega un momento en el que todos tenemos dos opciones.
Abandonar porque todavía no se nos da bien, o aceptar que todavía no se nos da bien.
Solo una de esas opciones te permite mejorar.
Así que la próxima vez que pienses: «Qué mal se me da esto».
Recuerda. No estás viendo una señal de que debas dejarlo.
Estás viendo la misma etapa por la que ha pasado absolutamente cualquiera que hoy hace eso con facilidad.
Nadie empieza siendo bueno. Y precisamente por eso… si nunca haces nada mal, nunca acabarás haciendo nada bien.