Hay decisiones que duran un instante, como echar agua en un vaso. Otras duran una temporada, como comenzar un curso escolar. Sin embargo, hay ciertas decisiones que nos acompañan durante muchos años. Y otras, toda la vida.
Como las que dejamos en la piel cuando nos tatuamos.
La cantante española Aitana apareció esta semana en su concierto de Bilbao con los brazos vendados. No tardó en explicar el motivo a su audiencia: se está quitando varios tatuajes. La cantante contó que durante una etapa de depresión empezó a tatuarse mucho y que ahora siente que «se pasó». Algunos diseños siguen teniendo sentido para ella; con otros, ya no siente esa misma conexión.
Y hay algo especialmente interesante en esa confesión. Por un lado, Aitana tiene una audiencia muy joven, miles de personas que la escuchan, la siguen y, en cierta medida, también la toman como referencia.
Quizá entre todas esas personas que la escuchan haya alguna pensando en hacerse su primer tatuaje, convencida de que es una gran idea y de que jamás se arrepentirá. Pero quizá escuchar a Aitana decir: «yo pensé eso y me equivoqué», despierte una nueva reflexión en alguien.
Y es que no sabemos quién vamos a ser dentro de una semana. Ni dentro de un mes. Ni siquiera dentro de un año. Mucho menos dentro de dos, tres o diez. Cambiamos de gustos, de ideas, de relaciones, de prioridades y, sobre todo, cambiamos nosotros.
Y quizá sea conviene recordar esto antes de convertir una decisión impulsiva en algo permanente.
Hoy te encanta. ¿Y mañana?
A determinadas edades existe una sensación extraña de permanencia.
Lo que sentimos en el momento parece definitivo. La persona de la que estamos enamorados parece que será el amor de nuestra vida. Nuestro grupo de amigos parece que durará para siempre. La canción que no podemos dejar de escuchar parece que seguirá significándolo todo dentro de veinte años.
Y, por supuesto, queremos estos momentos que al final resultan ser efímeros.
Una inicial. Una fecha. Una letra de una canción. Un símbolo. Un dibujo que representa exactamente quiénes somos en ese momento.
Y puede que siga representándonos dentro de veinte años.
Pero también puede que no.
Porque crecer también consiste en cambiar. Nuestras vidas cambian y, con ellas, cambiamos nosotros. Pasamos años en el mismo colegio y, de repente, llegamos a la universidad y todo es nuevo: otras personas, otros lugares, otras conversaciones, otras formas de pensar.
Empezamos a trabajar, conocemos gente que nunca habríamos imaginado conocer, vivimos experiencias que no sabíamos que íbamos a vivir y, poco a poco, también nos vamos conociendo mejor. Descubrimos qué queremos, lo que no, lo que nos gusta y lo que queremos dejar atrás.
No ocurre de un día para otro. Nadie se despierta una mañana siendo una persona completamente distinta. Simplemente, vamos acumulando pequeñas experiencias que nos van transformando hasta que, un día, miramos atrás y nos damos cuenta de que ya no somos exactamente quienes éramos.
Nuestra esencia sigue ahí. Pero otros aspectos cambian.
Y quizá por eso deberíamos darle más importancia a las decisiones que tomamos cuando las consecuencias son permanentes. Y tener cuidado a la hora de hacer permanente algo que pertenece a una versión de nosotros que todavía está aprendiendo quién quiere ser.
La persona que eres con 17 años no tiene por qué desaparecer, pero tampoco tiene por qué gobernar a la persona que serás con 27. Ni la versión de 27 a la de 37.
Y ahí aparece la pregunta que quizá deberíamos hacernos antes de tatuarnos:
¿Seguirá teniendo sentido para mí dentro de unos años?
Un tatuaje es para siempre… aunque no lo sea
Es verdad que hoy los tatuajes pueden eliminarse. La tecnología láser ha avanzado muchísimo y permite eliminar tinta de forma más segura y eficaz que en el pasado.
Pero que algo pueda borrarse no significa que sea reversible como si nunca hubiera ocurrido.
La eliminación de tatuajes suele requerir varias sesiones. La piel necesita tiempo entre tratamientos y el resultado depende, entre otras cosas, del tipo de tinta, los colores, la profundidad a la que se encuentra y la zona del cuerpo. Además, pueden aparecer cambios de pigmentación, cicatrices o alteraciones en la textura de la piel.
En resumen: puedes intentar borrar la decisión, pero no se irá del todo.
Tendrás que asumirla. En dinero, en tiempo, en molestias y, en algunos casos, en las marcas que pueda dejar el proceso.
Por eso quizá el «puedo quitármelo si algún día me arrepiento» debería ser:
«Si dudo y pienso que algún día puede que quiera quitármelo, ¿por qué tengo tanta prisa por hacérmelo hoy?»
Esperar también es una decisión y es totalmente válida
Aquí está la parte que más nos cuesta.
Esperar.
Vivimos en una época en la que prácticamente todo está diseñado para que no tengamos que esperar por nada. Queremos algo, lo compramos. Nos apetece algo, lo tenemos en un clic. Nos gusta alguien, le escribimos. Tenemos una idea, la publicamos.
¿Por qué iba a ser diferente un tatuaje?
Pero un tatuaje no es una historia de Instagram.
No desaparece a las 24 horas.
Y quizá precisamente por eso una de las mejores cosas que puedes hacer antes de tatuarte sea algo tan poco emocionante como esperar.
Apuntar el diseño. Guardar la idea.
Esperar seis meses. Un año.
Volver a mirarlo.
Y preguntarte si sigue siendo algo que quieres y te representa.
Si después de haberle dado mil vueltas continúas queriéndolo exactamente igual, probablemente la decisión sea mucho más consciente que aquella que nació una tarde cualquiera después de ver un vídeo, terminar una relación, enamorarte de alguien, pasar por una etapa complicada o simplemente pensar que lo querías ver en tu piel inmediatamente.
No se trata de esperar solo porque vayamos a arrepentirnos.
Se trata de esperar porque no pasa nada por asegurarnos.
Si mañana sigues queriéndolo, adelante
La conclusión no es «no te tatúes».
Si llevas años queriendo el mismo tatuaje, has pensado dónde quieres llevarlo, sabes por qué lo quieres y la idea continúa teniendo sentido para ti, adelante.
Pero si acabas de romper con alguien y quieres tatuarte un corazón roto, quizá espera.
Si acabas de cumplir 18 y quieres tatuarte porque todos tus amigos lo están haciendo, quizá espera.
Si llevas dos semanas obsesionado con un diseño que has visto en TikTok, quizá espera.
Si quieres tatuarte algo porque estás atravesando un momento especialmente intenso y necesitas convertir lo que sientes ahora mismo en algo permanente, espera.
No porque tus sentimientos no sean reales ni sean parte de ti.
Precisamente porque lo son.
Pero lo que sientes hoy merece tener la oportunidad de no decidir por ti para siempre.
Aitana ha decidido borrar algunos de sus tatuajes y conservar otros. Y quizá ahí esté precisamente la lección: no hay nada malo en cambiar de opinión. No somos incoherentes por dejar atrás algo que una vez nos representó.
Cambiar forma parte de crecer.
Lo único que podemos hacer es intentar que las decisiones que toman nuestras versiones más jóvenes no nos obliguen a pagar durante años por haber sido, simplemente, jóvenes.
Así que la próxima vez que estés a punto de hacer algo que pueda acompañarte durante el resto de tu vida, quizá hazte una pregunta muy sencilla:
¿Lo quiero para siempre o lo quiero muchísimo hoy?
Porque no siempre es lo mismo.
Y porque, cuando hablamos de algo permanente, para siempre es mucho tiempo.
Y no se trata solo de tatuajes
Los tatuajes son una metáfora bastante perfecta de muchas decisiones que tomamos en la vida.
Hay decisiones que tomamos en cinco minutos y después necesitamos años para deshacer.
Un mensaje enviado en caliente. Una decisión tomada desde la rabia.
Una relación a la que nos aferramos porque tenemos miedo de estar solos.
Una carrera elegida porque era lo que todo el mundo esperaba.
Una mudanza. Una ruptura.
Una palabra que no podemos retirar una vez pronunciada.
Un «sí» que dijimos demasiado rápido.
Un «no» que dijimos demasiado tarde.
No todas las decisiones importantes tienen botón de deshacer.
Y quizá crecer también consista en aprender a reconocerlas.
Hay momentos en los que actuar rápido está bien. Hay decisiones que no necesitan una semana de reflexión.
Pero cuando algo puede cambiar nuestra vida durante años, esperar un poco no es cobardía. Es criterio.


