¿Puede una estación cambiar nuestra forma de sentir? Se acaba el verano y en nada llega otoño e invierno, los días más cortos y la llamada «seasonal depression» llama a la puerta de muchos.
Un día son las ocho y todavía queda algo de luz. Después, casi sin darnos cuenta, son las seis y las calles ya parecen de noche. Las mañanas llegan más oscuras, el frío empieza a instalarse en las ventanas y los planes al aire libre van dejando paso a habitaciones cálidas, mantas y películas.
También cambia nuestro ritmo.
Nos cuesta un poco más salir de casa. Quizá tenemos menos energía o simplemente sentimos que nuestro cuerpo pide bajar el ritmo. Y, mientras las hojas caen y los días se hacen más pequeños, aparece una frase que cada vez escuchamos más: seasonal depression.
Pero, ¿estamos hablando realmente de depresión? ¿O simplemente hemos encontrado una forma nueva de llamar a la melancolía que trae el invierno?
No todo invierno es «depresión»
Que noviembre nos dé sueño, que echemos de menos el sol o que prefiramos pasar un domingo debajo de una manta no significa necesariamente que tengamos «depresión estacional».
Existe una diferencia entre experimentar un cambio de ánimo y padecer un trastorno depresivo. El trastorno afectivo estacional—conocido en inglés como Seasonal Affective Disorder o SAD— es una forma de depresión que sigue un patrón estacional recurrente. Para algunas personas, determinados meses del año traen consigo cambios importantes en su estado de ánimo, sueño, apetito, energía, concentración o interés por actividades que normalmente disfrutan.
La diferencia está, en parte, en cuánto ocupa esa sensación en nuestra vida.
Porque una cosa es pensar «hace frío, prefiero quedarme en casa» y otra muy distinta es sentir que, durante semanas o meses, ya no somos capaces de funcionar, relacionarnos o disfrutar como antes.
La tristeza forma parte de la experiencia humana. La depresión es algo diferente.
Y quizá distinguir ambas cosas sea especialmente importante en una época en la que hemos empezado a utilizar la palabra depression con demasiada soltura para describir prácticamente cualquier día gris.
Cuando el cuerpo también nota que ha cambiado el cielo
Nuestro cuerpo no es completamente independiente del mundo que lo rodea.
La luz natural ayuda a regular nuestro reloj biológico, que interviene en nuestros ciclos de sueño y vigilia. Cuando los días se acortan, también cambia nuestra exposición a la luz y, con ella, determinados procesos relacionados con nuestro ritmo circadiano, la melatonina y la serotonina.
No significa que la ausencia de sol sea, por sí sola, la causa de una depresión. La realidad es mucho más compleja. Pero sí sabemos que la luz tiene una relación estrecha con nuestro organismo y con la forma en la que regulamos el sueño, la energía y otros procesos relacionados con el estado de ánimo.
Quizá por eso las estaciones no solo cambian lo que vemos por la ventana.
También pueden cambiar, en cierta medida, cómo habitamos nuestros días.
El problema aparece cuando esa adaptación deja de sentirse como una simple desaceleración y empieza a convertirse en algo que nos limita.
Dormir demasiado. Sentirse agotado constantemente. Aislarse. Perder interés. Tener dificultades para concentrarse. Experimentar cambios importantes en el apetito. Sentir que cada año, cuando llega una determinada época, algo dentro de nosotros se apaga.
Ahí ya no estamos hablando simplemente de que nos guste más o menos el invierno.
No todo ocurre en invierno
Y aquí aparece una de las partes más curiosas de la historia.
Aunque solemos asociar el Seasonal Affective Disorder con los meses fríos y oscuros, también existe un patrón estacional de verano, aunque es mucho menos frecuente.
Para algunas personas, son precisamente la primavera y el verano los que traen consigo cambios en el estado de ánimo, problemas de sueño, ansiedad, agitación o pérdida de apetito.
Esto nos obliga a mirar la cuestión desde otro lugar.
Quizá no estamos hablando realmente del invierno.
Estamos hablando de cambios.
Cambios en la cantidad de luz. En la temperatura. En nuestros horarios. En nuestras rutinas. En cuánto tiempo pasamos fuera de casa. En nuestra vida social. Incluso en las expectativas que asociamos culturalmente a cada época del año.
Porque una misma estación puede significar cosas completamente diferentes dependiendo de la persona.
Para alguien, octubre es volver a empezar.
Para otra persona, octubre significa que los días se acortan demasiado rápido.
Para alguien, diciembre es luces, reuniones y vacaciones.
Para otra persona, puede ser una época especialmente difícil.
Las estaciones son las mismas. La experiencia no.
De la consulta al For You Page
Y entonces está internet.
Quizá hayas visto alguno de esos vídeos que aparecen cuando empiezan a acortarse los días: POV: it gets dark at 5 pm. Memes sobre hibernar hasta marzo. Personas declarando oficialmente que han entrado en su winter depression era. Velas, mantas, cafés calientes y una lista de películas para sobrevivir hasta la primavera.
Hay algo casi reconfortante en convertir esa sensación en un lenguaje compartido.
Porque compartir todo eso también significa dejar de vivir ciertas experiencias en silencio.
Pero existe una frontera delicada.
Cuando llamamos depression a estar cansados, aburridos o tener ganas de pasar un fin de semana en casa, podemos terminar confundiendo una emoción cotidiana con una enfermedad. Y, al mismo tiempo, que una palabra se haya convertido en un meme no significa que aquello que describe no exista.
El trastorno afectivo estacional es real.
Lo que quizá deberíamos cuestionarnos es cómo utilizamos la palabra depresión para hablar de él.
Entre el meme de «quiero hibernar hasta marzo» y una depresión real existe una diferencia real que es esencial distinguir.
Entre el winter blues y algo más
Puede que simplemente estés cansado. Puede que necesites dormir más porque llevas meses sin parar. Puede que prefieras planes de interior porque hace frío. Puede que eches de menos el verano.
Todo eso puede formar parte de una reacción completamente normal al cambio de estación.
Pero si cada año ocurre lo mismo y esa sensación dura semanas; si empiezas a perder interés por cosas que antes disfrutabas; si dormir, comer, estudiar, trabajar o relacionarte se vuelve considerablemente más difícil; si sientes que una determinada época del año transforma por completo tu forma de vivir, entonces quizá sea momento de prestar atención.
No para buscar un diagnóstico en TikTok. No para etiquetarnos. Sino para escucharnos.
Porque a veces hemos aprendido a minimizar aquello que sentimos precisamente porque sabemos que llegará una fecha en la que, supuestamente, debería desaparecer.
Ya llegará la primavera. Ya volverá el sol. Ya se me pasará.
Pero esperar a que cambie el calendario no siempre es suficiente.
Quizá no tenemos que esperar a la primavera
Hay algo curioso en nuestra relación con las estaciones.
En invierno esperamos la primavera.
Cuando llega la primavera empezamos a pensar en el verano.
En agosto deseamos septiembre.
En septiembre esperamos diciembre.
Y cuando llega Navidad, quizá ya estamos pensando en los planes que haremos cuando vuelva el buen tiempo.
Parece que siempre estamos esperando la siguiente estación.
A veces también hacemos lo mismo con nuestras emociones.
Cuando termine esto, estaré mejor.
Cuando llegue el verano. Cuando vuelva el sol.
Cuando tenga vacaciones. Cuando pase esta etapa.
Quizá entender nuestra relación con las estaciones no consiste en aprender a sentirnos igual durante todo el año. Quizá consiste en aceptar que nuestro ritmo también puede cambiar.
Que habrá épocas en las que querremos salir hasta que se ponga el sol y otras en las que necesitaremos volver antes a casa.
Que habrá días luminosos y otros grises.
Que podemos disfrutar de una estación y, al mismo tiempo, atravesarla con dificultad.
Y que, si alguna vez la oscuridad que está fuera empieza a sentirse demasiado dentro, no tenemos por qué esperar a que cambie el calendario para pedir ayuda.


